Por Daniel Pardo
Después de la pandemia, Nano Albano habitaba junto a su compañera y su bebé un colectivo en El Bolsón. Y entre las complejidades que significó la experiencia, la más desafiante fue soportar el frío. Nano buscó alternativas y en ese camino se encontró con Diego Lev, un colega que construía estufas ecológicas. Diego escuchó la inquietud y le propuso hacer un taller para él y vecinos interesados. Sólo debían ocuparse de llevar los materiales.
“Fue un proceso hermoso. Cambió tanto nuestra calidad de vida que dijimos: esto hay que replicarlo’”, recordó sobre la primera estufa. A partir de ese primer paso, Nano tomó la posta y empezó a capacitar a otras personas que necesitan calefaccionarse de forma económica en San Carlos de Bariloche, la ciudad que eligió para vivir. Ya llevan 13 estufas construidas en un año y medio. “El objetivo es hacer dos por mes”, acotó con entusiasmo. Nano forma parte de una cooperativa de bioconstrucción. Hacen casas de tierra.
Julia Aris Las Sepas también participa del proyecto e integra La Tercera, una organización que apuesta a la construcción colectiva para cambiar la realidad. “¿Cómo son las estufas?, preciosas. Están hechas de ladrillos, son ecológicas porque tienen arcilla y arena. Son económicas también”, describió y comentó que en las casas de Bariloche hay muchas desigualdades sobre cómo nos calefaccionamos. En este caso, las estufas brindan una calefacción segura y se aprovecha mucho la capacidad calórica.

Para llegar a la estufa ideal, Nano investigó, estudió y logró una síntesis de toda la información disponible. El objetivo fue encontrar una forma económica, efectiva y ecológica. Destaca siempre tres beneficios que considera fundamentales en estas estufas. Uno de ellos es que ‘con la mitad de la leña logras la misma cantidad de calor. Por lo tanto, gastas menos dinero”.
Por otra parte, la combustión de la leña es completa, entonces no quedan gases nocivos en la casa. Contó que es frecuente encontrar niños con problemas respiratorios por utilizar formas de calefacción que no son eficientes. “Por la mala combustión también suceden los incendios. En las estufas que construimos, el fuego da unas vueltas y nunca toca el caño de salida”, explicó.
Un aspecto valioso en todo el proceso de creación de las estufas es que se hacen en un taller comunitario. Se invita a los vecinos a aprender para replicarla en sus casas. Esto genera un fortalecimiento de la comunidad. “Damos una mano para elevar la calidad de vida. Esto permite generar una red y ya no solo se ocupan de la calefacción, sino de otras temas de la comunidad”, destacó.

La gente se entera de las estufas de boca en boca. El primer paso de Nano y su equipo es visitar la casa y evaluar algunos aspectos técnicos para después fijar una fecha para el trabajo. “Es un proyecto que se autogestiona con tres patas: es a pulmón, amor y mucha paciencia”, sintetizó y agregó que el costo de la estufa se absorbe con aportes voluntarios a través de dinero o ladrillos. Cuando se realizan los talleres se pide una inscripción con un valor simbólico que se utiliza para comprar los materiales aunque no es excluyente, aclara Nano, porque ‘si estas sin un mango, no hay problema”.
Julia se acercó a esta iniciativa por Nano y contribuye desde La Tercera. Dice que el proyecto contagia, es muy sutil y muy fuerte. Ciro es el estufero titular, además de 15 personas -algunas más activas que otras- que trabajan en el proyecto.
“Hay cosas que nos duelen del mundo, pero decidimos hacer. Trabajamos para que estén mejor las cosas, no queremos quedarnos con esa idea de que todo está mal”, reflexionó Julia. Sabe que no es fácil porque la realidad económica de muchas personas a veces es difícil y están obligados a poner el foco en llegar a fin de mes; aunque -asegura convencida- “encontrarte con otros para trabajar en conjunto nos salva”.

Nano mira sonriente la foto de la primera estufa que construyeron. Y la describe: tiene una puerta sobre la izquierda, esa es la cámara de combustión. Ahí va la madera. El fuego choca con un chapón que tiene arriba para que puedas calentar de forma inmediata. Y tiene una serie de conductos. El calor va al banco y recién ahí sale por el caño. La masa de ladrillos se calienta y aguanta 12 horas de calor sin fuego.
En el último tiempo incorporaron un sub proyecto que denominaron «Chau Chiflete». Es un mejoramiento habitacional que surgió luego de encontrarse con viviendas que sufren el ingreso del frío por fallas estructurales.
Para Nano es esencial el aspecto colectivo del proyecto que nació en un micro convertido en vivienda. Lo colectivo es el punto de encuentro de todos, repite. Y dice que su trabajo es militante porque lo hace con amor.